Venezuela
Advocacy groups join Venezuela earthquake relief efforts
Back-to-back quakes on June 24 killed more than 4,500 people
Advocacy groups have joined the relief efforts in Venezuela after two back-to-back earthquakes devastated large swaths of the country on June 24.
The magnitude 7.2 and 7.5 earthquakes caused widespread damage in Caracas, the Venezuelan capital, and elsewhere in the country.
Officials in the South American country say the earthquakes killed more than 4,500 people and left more than 16,000 others injured. La Guaira state on Venezuela’s Caribbean coast in which the country’s main international airport is located is one of the hardest hit areas.
Yonatan Matheus, a Venezuelan LGBTQ+ rights activist who currently lives in the U.S., was born and raised in La Guaira.
He wrote on his website that relatives and close friends who still live in the state have lost their homes. Matheus in his post that the Los Angeles Blade published on Monday also said the earthquakes killed two gay men he knew.
“Their names reminded me that behind every statistic lie stories, personal bonds, and life plans,” he wrote. “They also made me think of all those people whose lives and deaths are unlikely to make headlines — especially those who lived on the margins for years, with little visibility and without full recognition of their dignity.”
“They reminded me that emergencies never affect everyone equally,” added Matheus. “Those already facing greater vulnerability often bear an even heavier burden during the recovery process.”
The earthquakes struck less than six months after American forces seized then-Venezuelan President Nicolás Maduro and his wife, Cilia Flores, at their home in Caracas during an overnight operation.
Maduro and Flores on Jan. 5 pleaded not guilty to federal drug charges in New York. The Venezuelan National Assembly the day before swore in Delcy Rodríguez, who was Maduro’s vice president, as the country’s acting president.
Hugo Chávez died in 2013, and Maduro succeeded him as Venezuela’s president. Subsequent economic and political crises prompted millions of Venezuelans to leave the country.
Rodríguez has faced criticism over the Venezuelan government’s response to the earthquakes.
AIDS Healthcare Foundation Latin America Bureau Chief Patricia Campos in a message she sent to Michael Weinstein, the group’s president, on June 29 described the government’s response as “uncoordinated, poor, and delayed, influenced by political interests.”
“The number of fatalities continues to rise, and many shelters have been set up in public spaces to help those in need,” said Campos. “Hospitals and morgues are working tirelessly beyond their capacity, demonstrating the community’s resilience. Fortunately, international rescue teams have arrived, offering much-needed assistance to recover those still trapped in the debris.”
AHF has clinics in Cúcuta, a Colombian city that is a few miles from the country’s border with Venezuela, and elsewhere in Colombia.
Campos told Weinstein that AHF Colombia “has been communicating with” more than half of the 1,080 “of our patients in care who live in Venezuela.” Campos also noted AHF relief supplies arrived in Venezuela with the 11/13 Foundation, another NGO, and they had been distributed.

New York-based AID FOR AIDS International, an HIV/AIDS service organization that works in Venezuela, has launched an earthquake relief fund.
The Venezuela Earthquake Emergency Relief Fund has thus far raised $55,893.39. It hopes to raise $250,000.
“All donations will go directly to our network of local partners on the ground in Venezuela, who are working to assess the most urgent needs and provide emergency support to affected communities — including but not limited to medicines, food, water, and shelter,” says AID FOR AIDS International.
The group adds “the scale of destruction is the greatest challenge.”
“La Guaira has been catastrophically damaged, and Caracas continues to deteriorate — with looting, businesses closing due to insecurity, widespread power outages, and hospitals overwhelmed with injured patients but critically lacking supplies,” it says. “Reaching affected communities quickly and safely is not easy under these conditions.”
“Our challenge is immediacy,” added AID FOR AIDS International, which is working with its colleagues in Venezuela and students at the country’s Universidad Central de Venezuela who are part of the relief efforts. “Through the strategic partnerships we have already established with trusted organizations on the ground in Venezuela, we are positioned to mobilize resources directly and efficiently, ensuring that every dollar reaches the families in the affected areas.”
Other groups, such as Venezolanos en Barranquilla, which is based in the Colombian city of Barranquilla, have also joined the relief effort.
Barranquilla Vice President Juan Carlos Viloria in an interview with the Washington Post accused the Venezuelan government of “systematic negligence” by restricting “access to the most affected zones.” Venezolanos en Barranquilla nevertheless continues to work with the Catholic Church and other NGOs to mobilize rescue workers and to facilitate the distribution of food, water, generators, and other items in La Guaira and Caracas.
“Despite this situation, we are continuing to do everything for our people,” Viloria told the Blade last week.
Noticias en Español
Un terremoto también se vive desde el exilio
Yonatan Matheus se nació en La Guaira, la zona venezolana más afectada por los sismos
El 24 de junio de 2026, dos terremotos sacudieron Venezuela y alteraron la vida de miles de personas en cuestión de segundos. Para gran parte del mundo fue una noticia que ocupó titulares durante algunos días. Para quienes nacimos allí, el tiempo pareció detenerse. Antes de pensar en la magnitud del sismo o en el número de viviendas afectadas, hubo una pregunta que desplazó cualquier otra: ¿estarán bien quienes amo?
Los desastres naturales no solo transforman los territorios; también modifican la manera en que quienes vivimos en el exilio nos relacionamos con el lugar al que seguimos llamando hogar. La distancia no reduce el dolor ni la preocupación por quienes permanecen allí. Cada llamada sin responder, cada fotografía y cada mensaje recuerdan que existen vínculos que sobreviven a las fronteras, al tiempo y a la propia migración.
Lo primero que hice fue llamar a mi familia en La Guaira. Durante esos minutos comprendí, una vez más, que también existen terremotos que se sienten desde el exilio. La incertidumbre crece con cada llamada que no entra y con cada mensaje que permanece sin respuesta.
Cuando finalmente logré comunicarme, confirmé que familiares y personas cercanas habían perdido sus hogares, que distintas zonas de La Guaira enfrentaban graves afectaciones y que comunidades como Carayaca, El Junko y otros sectores del oeste del estado también sufrían las consecuencias de los terremotos. Aunque algunas de estas localidades registraron daños estructurales de menor magnitud que las zonas más devastadas, sus habitantes también vieron alterada su vida cotidiana por la interrupción de servicios, las dificultades de acceso y la profunda interdependencia social, económica y comunitaria que caracteriza a La Guaira.
Algunos miembros de mi comunidad también habían fallecido. Entre ellos estaban dos hombres gays a quienes conocía. Sus nombres me recordaron que detrás de cada cifra existen historias, afectos y proyectos de vida. También me hicieron pensar en todas aquellas personas cuyas vidas y muertes difícilmente ocuparán un titular, especialmente quienes durante años vivieron en los márgenes, con escasa visibilidad y sin el pleno reconocimiento de su dignidad. Me recordaron, además, que las emergencias nunca afectan a todas las personas por igual y que quienes ya enfrentaban mayores condiciones de vulnerabilidad suelen soportar una carga aún más pesada durante la recuperación.
El país del que uno sale nunca desaparece
Nací y crecí en La Guaira. Allí permanecen buena parte de mi historia, mi familia, mis amistades y una comunidad que sigue formando parte de quien soy. Hace diez años tuve que salir de Venezuela y solicitar asilo en Estados Unidos como consecuencia de la persecución que enfrenté por ser un hombre gay y defensor de derechos humanos. Con el tiempo comprendí que el exilio no consiste únicamente en cambiar de país. También significa aprender a vivir con la certeza de que una parte de nosotros permanecerá siempre en el lugar del que tuvimos que partir.
Cada celebración familiar, cada crisis y cada tragedia confirman que seguimos perteneciendo a ese territorio. Las personas refugiadas y migrantes no dejamos de vivir las emergencias de nuestros países de origen; simplemente las vivimos de otra manera. Mientras otras personas pueden desplazarse para abrazar a sus familias o participar directamente en las labores de ayuda, quienes estamos lejos intentamos acompañar desde la incertidumbre, con la impotencia de saber que el corazón permanece donde el cuerpo ya no puede estar.
Quizá esa sea una de las dimensiones menos visibles del desplazamiento forzado. Vivimos las tragedias de nuestro país a la distancia, con menos posibilidades de actuar físicamente, pero con el mismo dolor y con un profundo sentido de responsabilidad hacia las personas y los lugares que siguen formando parte de nuestra historia.
Cuando una casa representa toda una vida
Después de una emergencia suele repetirse una frase bien intencionada: “Lo importante es que todos están vivos; lo material se recupera.” Aunque busca transmitir esperanza, también puede invisibilizar una realidad profundamente humana. En Venezuela, una vivienda rara vez representa únicamente una construcción. Es el resultado de años de trabajo, sacrificios compartidos y sueños familiares. En sus paredes también habitan recuerdos, fotografías, documentos y la memoria de quienes la construyeron.
Cuando un terremoto destruye un hogar, también altera el proyecto de vida de una familia. Por eso no basta con volver a levantar edificios. Es necesario crear las condiciones para que las personas recuperen estabilidad, seguridad y la posibilidad de imaginar nuevamente un futuro. Como trabajador social, estoy convencido de que los territorios no vuelven a ponerse de pie únicamente con cemento. También necesitan confianza, organización, apoyo mutuo y espacios donde las personas puedan elaborar el duelo y fortalecer nuevamente sus redes de apoyo.
Ese proceso tampoco ocurre en igualdad de condiciones para todas las personas. Los desastres suelen profundizar desigualdades que ya existían antes de la emergencia. Las personas adultas mayores, la niñez, las personas con discapacidad, quienes viven con enfermedades crónicas o con VIH y muchas personas LGBTQ+, especialmente aquellas que enfrentan pobreza, discriminación o redes de apoyo limitadas, suelen encontrar mayores obstáculos para acceder a servicios, restablecer sus medios de vida o volver a sentirse seguras. Una respuesta verdaderamente humanitaria no consiste únicamente en llegar primero; consiste en asegurar que nadie quede atrás cuando comienza el largo camino para reconstruir su vida.
Cuando la emergencia deja de ser noticia
Las primeras horas después de un desastre suelen despertar lo mejor de una sociedad. Vecinas y vecinos organizan rescates, personas voluntarias distribuyen alimentos, equipos de salud trabajan sin descanso y miles de ciudadanos, dentro y fuera del país, buscan la manera de ayudar. Esa movilización espontánea representa uno de los recursos más valiosos frente a cualquier crisis y demuestra que, incluso en contextos de profunda polarización, la vida humana sigue siendo capaz de convocar encuentros.
Sin embargo, para quienes sobrevivieron, el verdadero desafío apenas comienza cuando la emergencia deja de ocupar los titulares. Mientras los medios dirigen su atención hacia otras noticias y las donaciones disminuyen, miles de familias siguen intentando recuperar sus hogares, restablecer sus medios de vida y reorganizar una cotidianidad profundamente alterada. La crisis termina mucho antes para la opinión pública que para quienes continúan enfrentando sus consecuencias.
En la acción humanitaria suele describirse un fenómeno conocido como fatiga de la compasión. En términos generales, hace referencia a la disminución progresiva de la atención pública y de parte de la movilización solidaria conforme una crisis deja de ocupar el centro de la conversación. No significa que desaparezca la voluntad de ayudar, sino que nuevas urgencias desplazan rápidamente a las anteriores. El riesgo es que los territorios afectados queden solos precisamente cuando enfrentan la etapa más compleja de volver a levantarse.
Las principales organizaciones humanitarias recuerdan que reparar edificios constituye sólo una parte del proceso. También es indispensable fortalecer la salud mental, ofrecer apoyo psicosocial, recuperar el tejido comunitario y garantizar que la población participe activamente en las decisiones sobre su propio futuro. Una vivienda puede reconstruirse en algunos meses; recuperar la sensación de seguridad, la confianza o el sentido de pertenencia suele requerir mucho más tiempo.
Esta realidad resulta especialmente importante para quienes ya enfrentan condiciones de vulnerabilidad antes del terremoto. Las personas adultas mayores, la niñez, las personas con discapacidad, quienes viven con VIH y muchas personas LGBTQ+ suelen encontrar mayores barreras para acceder a servicios, mantener sus tratamientos, recuperar sus ingresos o reconstruir sus redes de apoyo. Las emergencias no crean esas desigualdades, pero con frecuencia las hacen más visibles y profundas. Por eso, una recuperación verdaderamente sostenible no consiste únicamente en volver al punto donde estábamos antes del desastre, sino en aprovechar ese proceso para reducir brechas históricas y fortalecer la inclusión.
Como trabajador social, prefiero hablar de una resiliencia consciente. No de una resiliencia que exige fortaleza permanente o invita a ocultar el dolor bajo la idea de que “hay que seguir adelante”, sino de aquella que reconoce las pérdidas, entiende que el duelo necesita tiempo y acepta que pedir ayuda también forma parte del camino. Ninguna comunidad debería sentirse obligada a reconstruirse sola, ni ninguna persona a demostrar que ya superó una tragedia antes de estar preparada para hacerlo.
Permanecer también es una forma de ayudar
El exilio me impidió estar físicamente en La Guaira durante los días posteriores a los terremotos, pero no me impidió asumir la responsabilidad de acompañar desde donde hoy me encuentro. Durante esas semanas utilicé mis plataformas para verificar información antes de compartirla, visibilizar localidades que históricamente han recibido menor atención —como Carayaca, El Junko y otros sectores del oeste del estado— y promover mensajes centrados en las necesidades de la población afectada.
Ese compromiso también dio origen a la serie documental La Guaira: Antes y Después, un esfuerzo por documentar cómo cambiaron distintos espacios y contribuir a que no desaparezcan de la memoria colectiva cuando termine la cobertura periodística. Más que registrar la destrucción, busca recordar que detrás de cada fotografía existen familias que seguirán necesitando apoyo mucho después de que las cámaras se hayan ido.
Creo profundamente que comunicar con responsabilidad también es una forma de acción humanitaria. Verificar antes de publicar, evitar la desinformación y mantener visibles a los territorios históricamente olvidados constituye una manera concreta de acompañar el proceso de recuperación y fortalecer el compromiso colectivo desde la distancia.
La solidaridad que decide quedarse
Los terremotos del 24 de junio de 2026 dejarán cicatrices visibles en edificios, carreteras y viviendas. Otras permanecerán en silencio, acompañando a familias que deberán reconstruir no solo sus hogares, sino también su sensación de seguridad, sus proyectos de vida y la confianza en el futuro.
Como venezolano, guaireño, refugiado y defensor de derechos humanos, esta experiencia reforzó una convicción que ha guiado buena parte de mi trabajo: las personas deben permanecer en el centro de cualquier respuesta humanitaria. Ninguna diferencia política, institucional o ideológica debería ser más importante que proteger la vida, aliviar el sufrimiento y garantizar que quienes enfrentan mayores condiciones de vulnerabilidad reciban el acompañamiento que necesitan para volver a empezar con dignidad.
Los terremotos dejan de sentirse cuando la tierra deja de temblar. El olvido comienza cuando dejamos de mirar. Entre una cosa y otra existe un largo camino que exige memoria, compromiso sostenido y la decisión colectiva de no abandonar a quienes siguen intentando levantarse cuando el resto del mundo ya ha seguido adelante. Porque una sociedad no termina de recuperarse cuando reconstruye sus edificios; lo hace cuando todas las personas tienen la oportunidad de volver a vivir con seguridad, esperanza y la certeza de que nadie quedó atrás.
Yonatan Matheus (He/Him/Él) es defensor de derechos humanos LGBTQ+ y trabajador social y activista. Trabaja en la intersección entre Migración, Justicia Social y respuesta al VIH.
Este comentario salió en el sitio web de Yonatan el 6 de julio.
Venezuela
LGBTQ Venezuelans face unprecedented persecution after disputed election
Opposition presidential candidate fled country on Sept. 7
Venezuela’s LGBTQ community is in an extremely vulnerable situation due to the increasing repression and systematic human rights violations that President Nicolás Maduro’s regime has perpetrated after July 28’s disputed election.
Local activists and international organizations have widely documented the situation, and the queer community is one of the groups most affected by this wave of repression.
A prominent Venezuelan LGBTQ activist, who has requested anonymity for fear of reprisals, has described the situation as desperate.
“In Venezuela, unlike most Latin American countries, no meaningful recognition has been achieved for the LGBTIQ+ population,” she said in an interview with Washington Blade from Caracas, the Venezuelan capital. “There is no equal marriage, no identity recognition for trans people, and existing anti-discrimination laws are never enforced in practice. This has led the community to seek new forms of resistance, such as supporting opposing candidates.”
The activist highlighted the lack of recognition and protection of rights has led to a consolidation around presidential candidate Edmundo González and other opposition figures.
American Secretary of State Antony Blinken and other global figures say González defeated Maduro in the July 28 election. González on Sept. 8 arrived in Spain where he received asylum.
The Maduro regime since the disputed election has launched a fierce crackdown on human rights.
Hate speech from Attorney General Tarek William Saab, who has called transgender people “human aberrations,” and others has intensified the climate of hostility.
Diosdado Cabello, the political head of the United Socialist Party of Venezuela, has launched systematic attacks against LGBTQ activists who are fighting for civil and democratic rights. Repression has increased in the wake of the election, with more than 1,500 arbitrary arrests and summary convictions.
The situation is even more critical for LGBTQ activists, who have been targeted for illegal searches and arbitrary arrests.
Among the prominent cases is that of Yendri Velasquez, an activist who authorities detained at Caracas’s Simón Bolívar International Airport after they arbitrarily revoked his passport. Although he was released, his case highlights the dangerousness of the situation.
“Other cases, such as that of Nelson Merino and the recent raids on the homes of Koddy Campos and Leandro Viloria, underscore the imminent risk faced by LGBTIQ+ rights defenders,” said the activist who spoke anonymously with the Blade
In a context of increasing repression, the Venezuelan National Assembly recently passed a law that severely limits the operations of NGOs, endangering many organizations working to defend human rights.
“This law follows the model of repression observed in Nicaragua, where civil society organizations have been dissolved en masse,” said the activist from Caracas. “The cancellation of more than 23,000 passports without legal justification has been reported, a measure that affects numerous citizens, including the LGBTIQ+ community seeking asylum abroad.”
The Inter-American Commission on Human Rights has denounced the situation in Venezuela as a case of “State Terrorism.”
“The LGBTIQ+ community in Venezuela, already one of the most vulnerable, now faces exacerbated risk due to systematic repression and human rights violations,” said the activist, who urged the international community to intervene. “The situation is critical and international pressure is our only hope to stem this wave of repression and protect those on the front lines of defending our rights.”
“In this context of oppression and violence, Venezuela’s LGBTIQ+ community continues to face monumental challenges in its struggle for equality and justice, while the government appears increasingly authoritarian and repressive,” she added.
-
Congress3 days agoLindsey Graham dies at 71
-
Congress2 days agoWho might replace Lindsey Graham? The contenders and their LGBTQ+ records
-
a&e features4 days agoThe Queer Film Collective makes your favorite movies possible
-
Noticias en Español2 days agoUn terremoto también se vive desde el exilio
-
Commentary4 days agoAre we cruising or creepy?
-
Mexico24 hours agoMexico’s first openly gay mayor killed
-
Politics2 days agoPolitical drama in Angie Craig’s Minnesota Senate race heats up
-
a&e features2 days agoLupercio Media turns influencing into advocacy
-
National1 day agoDemocrats are trying to disqualify trans candidates. Here’s how
-
Books2 days agoNew book reveals what we can learn from animal sex
