Connect with us

En Espanol

Huyó de Honduras por ser LGBTQ y lo pagó con un año de cárcel en EEUU

César Ramón Mejía tuvo que huir del país en 2018

Published

on

César Ramón Mejía (Foto cortesía de Dunia Orellana)

Reportar sin Miedo es el socio mediático del Los Angeles Blade en Honduras. Esta nota, publico originalmente en Agencia Presentes de Argentina, salió en su sitio el 17 de diciembre con fotos de Dunia Orellana y Dennis Arita.

SAN PEDRO SULA, Honduras — El activista César Ramón Mejía tuvo que huir de Honduras en 2018 debido a la violencia, el desempleo y la discriminación contra las personas LGBTIQ+. Cuando llegó a la frontera con Estados Unidos, lo deportaron y lo condenaron a no regresar a tierra estadounidense en los próximos veinte años. Su delito fue salir forzosamente de su país debido a la violencia, el desempleo y la discriminación contra los grupos LGBTIQ+ a los que pertenece.

César Mejía muestra documentos que prueban su dolorosa aventura en Estados Unidos, donde pagó con cárcel su sueño de cambiar de vida y huir de la violencia contra las personas diversas.

“Ahora estoy en San Pedro Sula y posiblemente más tarde amanezca muerto. A muchos chicos y chicas los matan porque andan personas homofóbicas que dicen ‘un culero menos en la calle”, dijo César, de 26 años.

“Derrotado, sin dinero, sin haber logrado nada”. Así se sentía César luego de los dos intentos fallidos de migrar a Estados Unidos en medio de la pandemia de coronavirus. Vivía con la angustia de no saber de dónde le iba a caer el siguiente plato de comida o la siguiente bala. Reportar sin Miedo conversó con él a finales de 2020 para conocer su historia.

Del sueño americano a la cárcel

César Mejía, alias el Auténtico.

A finales de 2018, César estaba en la frontera entre México y Estados Unidos cuando decidió entregarse a las autoridades para ver si conseguía asilo en EE. UU. Había hecho el viaje de rigor de todo hondureño en busca del sueño americano, expresión que ha popularizado la prensa del país.

Se había unido meses antes a la primera caravana de migrantes que partió desde el norte de Honduras, atravesó Guatemala y llegó a México. La caravana estaba formada por un grupo variopinto de las clases sociales hondureñas menos favorecidas. Viajaban ancianos, niñes, mujeres y hombres cis, personas trans. Incluso niñxs de pecho que sus madres llevaban cargados en sábanas amarradas a los hombros.

En México, César, apodado el Auténtico, se refugió junto con otros indocumentados de varias nacionalidades en una residencial del centro de la capital. Allí apareció en varios medios de comunicación en defensa de los indocumentados. En YouTube puede verse al menos un corto documental en el que aparece en Ciudad de México, acompañado por un reportero del medio Vice.

Pedir asilo

El carnet que identificaba a César como reo en una prisión estadounidense.

El 23 de diciembre de 2018 decidió entregarse a las autoridades de Estados Unidos “porque pensaba que es un país de leyes y de cosas justas, no como el país de donde vengo”, contó a Reportar sin Miedo. Tenía esperanzas de conseguir asilo.

Los funcionarios estadounidenses comenzaron a interrogarlo ferozmente. Querían conocer su relación con los líderes de la caravana, aunque solo podían culparlo de haber apoyado a los demás migrantes ayudándoles a obtener alimentos y denunciando maltratos y discriminación.

Allí también lo culparon de trata de personas. “Yo no tenía nada que ver con los líderes de la caravana. Yo iba solo, pero en el camino uno toma como familia a la gente que va con uno. Los cipotes me miraban como alguien que ayudaba a resolver cosas. Nadie puede hablar mal de mí, a nadie prostituí ni mandé a prostituirse”, relató.

Primer encierro

El 28 de diciembre de 2018, el Departamento de Migración le hizo una mala pasada y lo encerró en una cárcel de Arizona, en el suroeste de Estados Unidos. De ahí lo trasladó, el 15 de enero de 2019, a la correccional del condado de Tallahatchie, Mississippi, en el sur del país, donde pasó tras las rejas la mayor parte de ese año.

Enrejado en Tallahatchie, estuvo a punto de perder la razón por la angustia: “No sabía cuándo era de noche o de día. Perdí la noción del tiempo por el encierro”, relata.

Recuerda el día en que le dieron un alegrón de pobre. “Me mandaron la confirmación del parole, de que podía llevar mi caso afuera. Sentí alegría, dije ‘aquí voy a empezar de cero’, a olvidar todo, a sacar adelante a mi mamá, a mi familia”.

Pero tres días después volvieron a engañarlo, según el relato de César. Su peregrinaje de cárcel en cárcel continuó cuando, veinte días después, de la correccional de Tallahatchie lo mandaron para Louisiana. “Aquí vas a ver un juez que va a decidir si te vas para tu país o te quedas aquí”, le dio la bienvenida un oficial estadounidense.

Tratos políticos y viajes de locos

“El juez estadounidense le decía a todo hondureño que llegaba a la corte: ‘Tu país es seguro. Tenemos un convenio con él. Le dimos millones de dólares para que haya más desarrollo y puedas estar bien allá, así que te vas de vuelta'”, dijo César. El juez ni volteó a ver su expediente.

Eso pasó en agosto de 2019. Lo que no sabía César es que le faltaban al menos cuatro meses de cárcel antes de que lo deportaran en noviembre de ese año. “En la cárcel tuve que pelear por la comida, aguantando que me preguntaran si no había una cárcel para maricas. Me sentí peor que nunca”.

La depresión lo destrozó. Además de medicinas contra la taquicardia, tomó antidepresivos. “Varias veces me tocó ir a celda de castigo por defenderme”.

Después de meses, sus abogadas le dijeron que por un error técnico de la justicia podían lograr una apelación. Parecía una buena noticia. El problema era que tenía que quedarse en prisión otros seis meses.

‘Al menos voy a ver de vuelta a mi mamá’

César firmó su autodeportación. “Mejor que me maten en Honduras, pero por lo menos voy a ver de vuelta a mi mamá”. Pero no solo lo deportaron. También lo convirtieron en un paria. Le prohibieron acercarse a Estados Unidos durante los próximos veinte años. Las autoridades hondureñas lo ficharon como a un delincuente peligroso a quien le sale mil veces mejor quedarse calladito. Cualquier brinco contra las instituciones hondureñas podía traerle graves problemas. “¿Cómo mata el gobierno de Honduras?”, se pregunta César. Y se contesta a sí mismo: “Institucionalmente”.

El 19 de noviembre de 2019, Migración puso en un avión a César y lo envió de vuelta a Honduras. Al menos esa fue la intención. Pero el vuelo iba a Jamaica.

En el avión que aterrizó en el aeropuerto de Kingston, capital jamaiquina, llevaban a César “encadenado de manos, cintura y pies, como si fuera el Chapo“, cuenta, refiriéndose al famoso narco mexicano Joaquín Guzmán. “Pueden dejarme acá. Por mí no hay problema”, les pidió a los oficiales de Migración cuando descubrieron el error que habían cometido.

Segundo intento en medio del coronavirus

César enseña los mensajes de apoyo que la gente le ha enviado en medio de su odisea migrante.

Le dieron el trato de un diplomático de altura. Estados Unidos mandó a Kingston un avión cargado de hondureños para llevar a César ese mismo día a San Pedro Sula. Fue el único que abordó el avión. Al menos se dio el lujo de pasar cuatro horas en Jamaica.

Sin trabajo, sin casa, sin un centavo en la bolsa, César llegó a su ciudad natal solo con la ropa que traía puesta. “Un montón de deportados se quedaron durmiendo en la terminal» sampedrana, esperando el amanecer para subirse a un bus con un boleto que les regalaron”, relata César. De pura casualidad se topó en el centro de la ciudad con una amiga que le dio cien lempiras. “‘Tené para que vayas a ver a tu mamá’, me dijo. Entonces me fui adonde mi mami. Le caí de sorpresa”.

Al cabo le dieron igual los veinte años de prohibición. Dos meses después de haber regresado, desesperado por la falta de trabajo, César se unió a una pequeña caravana que partió de San Pedro Sula en enero de 2020. Un mes antes, las noticias habían empezado a hablar de un nuevo virus aparecido en Wuhan, China.

La segunda aventura de César terminó en Tabasco, México, cuando la pandemia de coronavirus iba cerrándolo todo. Allá, César dio vuelta en redondo y regresó a Honduras.

“Quiero irme de aquí, pero Estados Unidos ya no es una opción. Si regreso, ya no son ocho meses o un año de cárcel. No sé qué hice mal. No tengo antecedentes penales. Solo me han quedado estos papeles para leerlos”, dice con la voz quebrada, señalando el hatajo de documentos que carga en su mochila y que respaldan su historia de encierro en la tierra del sueño americano.

Continue Reading
Advertisement

En Espanol

Diputado salvadoreño habla públicamente su homosexualidad

Vídeo de Johnny Wright Sol con su pareja circuló en redes sociales

Published

on

El diputado salvadoreño Johnny Wright Sol (Foto cortesía de su cuenta de Facebook)

SAN SALVADOR, El Salvador — Circuló en redes sociales el 13 de mayo un vídeo de una entrevista con el diseñador mexicano Kris Goyri, en donde se dieron a conocer unas fotografías con su pareja, el diputado salvadoreño Johnny Wright Sol del partido Nuestro Tiempo, imágenes que al parecer tomaron por sorpresa al diseñador, pues fueron mostradas sin su consentimiento. 

En una entrevista del podcast La Tribu en radio Fuego 107.7 mientras el locutor Pencho Duque hablaba con el diputado salvadoreño, trajo el tema a la palestra con mucho respeto, a lo que el político no tuvo problema con hacer unos comentarios al respecto.

Aseguró que hay dos conclusiones primordiales que le surgieron de esta situación, en donde se abordaba el tema de su orientación sexual y de su pareja.

La primera conclusión es que “como sociedad nos distraemos bien fácil, porque pese a la crisis económica y climática que atraviesa el mundo, una crisis social, una sociedad muy violenta y a pesar de todas estas cosas que nos impactan en el día a día, mi orientación sexual era trending topic”, expresó Wright.

Hizo hincapié en que debemos reflexionar sobre las prioridades que tenemos como sociedad, dado a toda la situación que se vive como país, es importante tener un ojo realmente crítico con los temas que deben ser fiscalizados.

La segunda conclusión que comentó es que, “hay mucho trabajo por hacer para convertirnos en una sociedad verdaderamente democrática y pacífica en donde se logren los mínimos estándares de convivencia”, además mencionó que como partido promueven la tolerancia, pero más que eso, las personas merecen ser aceptadas, “ese es el ideal”, agregó el diputado.

Con una sonrisa en el rostro Wright menciona que la pregunta sobre su orientación sexual “nunca había surgido, en el contexto mediático de mi prensa”, agregando que no era algo que fuera un secreto o algo que ocultara, “en las imágenes me veo muy feliz con mi pareja”, detalla el diputado.

También menciona que la entrevista que le hicieron a su pareja fue “una emboscada”, dado que las imágenes presentadas tuvieron que haberlas obtenido del teléfono de alguno de los dos. A esta hipótesis le suma el hecho de haber recibido correo de la compañía Apple, en los cuales se le alertaba que su teléfono había sido intervenido, no descarta la posibilidad que fuera por el spyware Pegasus.

Pero el punto que dejó muy claro es que desde que fue nombrado diputado en mayo del 2021, no ha tenido ningún inconveniente con reconocer o admitir que es un hombre gay, aunque sí reconoce que los temas de su vida personal habían decidido mantenerlo en lo privado junto con su pareja.  

Esta decisión fue tomada, dado que ambos son figuras públicas en sus respectivos países, en el caso de Goyri es un diseñador reconocido con 12 años de carrera.

El diputado mencionó sentirse privilegiado en tener una familia que lo quiere muchísimo, tal cual es, como también de tener unas amistades, que en sus palabras les describió como “super cachimbones”.

“A mi me tiene sin cuidado toda esa plática en redes”, agregó el diputado, pero que lo único que en verdad preocupa es que lo sucedido ha sido un recordatorio para ver lo mal que está El Salvador como sociedad, por lo que esto es un reto de lo mucho que falta por construir.

Continue Reading

En Espanol

Un amor de las cárceles cubanas: La Yalorde y el Faña

Hombre gay y persona no binaria se enamoraron tras las rejas

Published

on

La Yalorde y el Faña (Foto de María Lucía Expósito/Tremenda Nota)

Tremenda Nota es el socio mediático del Washington Blade en Cuba. Esta nota escrito por Manuel de la Cruz salió en su sitio web el 19 de mayo.

LA HABANA — El 18 de marzo de 2022 a las 5 de la tarde, Yasniel vuelve en sí y Samuel le da la noticia: “Padrino, muy linda Oshún hoy. Mandó que te dijera que iba a traerte algo de tu pasado que ya dabas por perdido”.

Yasniel no tiene idea de si el mensaje que dio la Ocha a través de su cuerpo en aquel tambor, se refería a un proyecto de vida abandonado o a una gloria disoluta, pero los designios de la diosa que viste de amarillo prometían a su hijo otra gracia. La orisha nunca olvidaría una pequeña luz en los años oscuros que su omoddé pasó en la prisión del Manto.

Mientras, en Lawton, Oshún posee gradualmente a Yasniel al son del elerí efá que golpean los tamboreros, a más de 19 kilómetros de allí, Ignacio camina por todo Cuatro Caminos de Bejucal buscando la casa de su amigo Yoelito. Allí inmortalizaría, en su espalda y con las mayúsculas indiscretas de Monotipe Cursive, el nombre de su esposa Marieli.

Minutos después, en La Habana, Oshún detiene el sonido del añá pronunciando el clásico baba koyugba con que se presenta a los invitados, mientras en Bejucal una aguja esterilizada afinca las siete letras del nombre de la mujer que abandonó a Ignacio el pasado marzo, víctima de un fulminante cáncer de riñón. Una hora después, ocho dígitos unen la Habana y Bejucal en una sola llamada.

“Yasniel, soy yo, Ignacio. ¡Yasniel, Yasniel!” La Yalorde arroja el celular abruptamente. “¿Qué pasó, niña?”, le pregunta Irene. Yasniel no responde. La Yalorde está en blanco. Recoge el teléfono del piso, pero no acierta a contestar, solo oye: “Soy yo, Ignacio”. “¿Qué Ignacio?”, responde Yasniel. “Ignacio mija, el Faña. ¡Ven pa’ acá pa’ Bejucal!”

Yasniel deja que se queme el picadillo de pollo en el fogón, y durante los siguientes minutos balbucea turbadamente todo el cariño añejo que le lleva guardado al Faña. Hace más de un año que no saben el uno del otro y Yasniel ahora solo oye insistente una orden: “Te dije que en la calle iba a ir por ti ¡Ven pa’ acá pa’ Bejucal, ya!”

Ignacio, el Faña

A Ignacio Grandía Terrero no lo conocen en Bejucal por el Faña, a pesar de ser notorio que es fañoso. Ese alias se lo puso la Gorda en la Prisión de Menores de La Lima.

Disturbios públicos, episodios de violencia y robos periódicos, entre muchas otras conductas, lo llevaron a la cárcel por primera vez con casi 17 años. Es el segundo de tres hijos, el único varón. Hoy trabaja en el campo, sembrando y recogiendo papas o cualquier otra hortaliza, según la estación del año. La menor de las hembras, de ocho años, le dice a la madre: “Yo no voy a ser como Ignacio, yo si voy a estudiar”.

Desde los 10 años, Ignacio conoció el alcohol, los carnavales de Bejucal, las putas, los ansiolíticos y todo tipo de calmantes y opiáceos que lo fueron llevando lo mismo a innumerables trifulcas sin motivo, que a periódicas y placenteras siestas en los parques del pueblo o al pie de un árbol cualquiera.

Ama los caballos y las rústicas “arañas”, artefactos de hierro y madera donde suelen alcanzar velocidades vertiginosas los guajiros como él, expertos en esa disciplina.

Antes de caer en prisión, llevaba el pelo de múltiples colores y formas siempre extrovertidas. Short sin calzoncillos, pulóver o más más frecuentemente camisetas. Unas botas de agua en los pies, lo mismo en las ciénagas que en las plazas. También servían para esconder un cuchillo no desestimable en tamaño, filo y experiencia.

En la familia de Ignacio los hombres toman ron y las mujeres atienden a los hombres. Los machos salen al alba y regresan al mediodía con dinero, con mucho dinero. Sabrá solo Dios de dónde lo sacan. Regresan también con todo lo que se lleva a la boca, pero no lo cocinan. Ese es el trabajo de las mujeres. Duermen la siesta y en la tarde noche salen a beber e incluso a pelear. Ignacio ha encarnado a su padre, de quien solo recibió un beso cuando estuvo a punto de caer en un coma etílico.

El Faña atesora y comparte, mientras se eriza visiblemente, relatos sobre güijes, cagüeiros, brujas, ñáñigos. Un espíritu indio se le aparece para mostrarle el lugar exacto donde le guarda una fortuna. Ignacio le pide al buen ser, quien solo asoma cuando lo ve en extrema embriaguez, que lo deje en paz y se aleje. Teme que le pida a cambio su hermana pequeña o un hijo que tendrá en el futuro.

Al menos dos de sus tíos siguieron las instrucciones de sus respectivos indios, que al parecer asisten a los machos de los Grandía a razón de un espíritu indio por cada hombre de la familia. Cada uno de ellos encontró, en el mismo lugar que les fue indicado, valijas con joyas, lingotes de oro, monedas y todo tipo de objetos valiosísimos del siglo XIX. Los tíos abandonaron Cuba hace más de 10 años, tras haberse podido costear junto a sus esposas e hijos, lanchas rápidas hasta Miami.

“A uno de mis tíos el muerto le dio eso, pero le dijo que se iba a llevar lo primero que él viera al llegar a la casa. Estaba adaptado a que cuando iba llegando le salía corriendo el perro chiquito y por eso le dijo al muerto que sí. Pero cuando llegó a la casa, chifló y su niño de 2 años salió por la puerta pa’ afuera. No dio tiempo ni a que mi tío lo cogiera en las manos. Ahí mismo cayó muerto”, dice el Faña.

“Para qué enamorarme de la vida, si mi destino es casarme con la muerte”, reza uno de sus tatuajes. La irresuelta rutina de a quien no aprendió a pensar en el futuro, lo hizo caer públicamente en los hoyos de la delincuencia. Así llegó al Manto en agosto de 2018. 

Cumplió su condena en los centros penitenciarios y campamentos del Manto, la Lima y la Oca. Su cuerpo tupido de tinta es un resumen de la sabiduría del sobreviviente. El Faña fue decorando su piel con rosarios, flores espinosas, relojes, mujeres desnudas y un Cristo redentor, a medida que luchaba por ganarse el respeto entre los menores con quien compartía la cárcel, y así se redimió de las blandenguerías y los miedos que no son de hombre.

La Gorda es uno de los muchos maricones con los que el Faña compartió prisión. Sonríe al recordar a Jicotea, a Mamota, a la Denis, a la Pinareña y a muchas más. A los maricones en las cárceles los llaman comúnmente “madrinas”, así como los hombres, bugarrones o no, se convierten en los “ahijados”.

Las madrinas, para reafirmar su poder, suelen malcriar a sus ahijados de vez en cuando. Por eso, aquel día, cuando el Faña le pidió un cigarro a la Yalorde, la Yalorde no se lo negó.

La Yalorde y el Faña (Foto de María Lucía Expósito/Tremenda Nota)

De Coco a la Yalorde

Yasniel Arencibia Oliver pasó sus primeros cuatro meses de prisión en el depósito del Vivac, a la espera de su juicio. Allí le apodaron Yalorde, en alusión a la Ocha que había coronado en su elerí. En la familia le apodaban Coco, y solo otras de sus amigas, Jicotea entre ellas, le decían habitualmente Negra. Nació de Martica el 15 de septiembre del año 2000. A su padre lo ha visto en menos de cinco ocasiones en sus 21 años.

Yasniel lleva en su cuerpo al menos seis cicatrices de diferentes formas y tamaños. Su tez negra oculta el rastro de los planazos que recibió de sus tíos cuando, a temprana edad, comenzó a mostrar sus maneras femeninas. Solo su abuela y su madre intercedían. Por eso cuando quedó huérfano, a los 11 años, primero de su madre y ocho meses después de su abuela, la vida de Yasniel pasó a ser un registro de violencia doméstica y desabrigo.

Fue confinado a un corral de puercos, a comer y dormir con ellos hasta que se le quitara la mariconería. Tras plantarse allí, recibió innumerables golpizas. Vivió también en un terreno abandonado a más de 100 metros de su casa, donde amigas como la Yoel le llevaban un poco de arroz y potaje.

Sus hermanas mayores y tíos se enteraron de su “desviación” por boca de la misma abuela, uno de sus únicos amores y de las pocas en la familia que le celebró la gracia. En una casa de negros paleros, santeros y abacuás, a Coco lo imaginaron como el depósito del legado lucumí de la familia y, ante la frustración, salió a la luz todo el rechazo homofóbico que encuentra hogar en las religiones afrocubanas y, por ende, en sus sacerdotes y profesantes. 

Antes de sus 11 años, Coco ya había validado su predestinación para los cultos yorubas. Como bastón y heredero de su abuelo negro, uno de los últimos cagüeiros que conoció Matanzas, le enseñaron el padrenuestro a la temprana edad de 4 años en castellano y en lengua ngangulera.

Desde esa edad sus ojos conocieron todo tipo de fenómenos legendarios. Visiones, sueños lúcidos, premoniciones cumplidas, brujas sin rostro que viven en chozas rústicas y se escurren a las 3 de la mañana, ñocas que te saludan al pararte delante de una nganga, tatas poseídos por espíritus que hacen escupir sangre y caminar sobre carbones encendidos.

Su abuelo lo llevaba al monte y le enseñaba cada término en palo y su significado. Le entregó, como única y buena sabiduría, la tradición ngangulera. Así pudo deducir que, como mismo “perro que come perro es comido por otro perro”, hombre no come hombre y, si lo hace, cualquier hombre igualmente se puede hacer cargo de él.

Cuenta la familia que a la temprana edad de siete años, Coco fue poseído por un espíritu de prenda, quien profetizó acertadamente numerosos episodios. El abuelo falleció años antes que la abuela y que Martica. Yasniel recuerda que horas después de haber muerto, sentado al pie de su prenda, según la tradición de los paleros ñáñigos, se le vio dejando entrar por última vez a Ta José para que se lo llevara definitivamente al reino de ará onú.

Cuando su abuela partió al “mundo de la verdad”, Coco tuvo que aprender las mañas para sobrevivir en el mundo de la materia. Su camino se debatió entre machos homofóbicos y violentos. Vivió en la calle despoblada donde un bugarrón podía ofrecer 250 pesos para meterle el rabo y en el parque oscuro donde una billetera borracha debía terminar en sus manos.

Los tíos y él transaron, al pasar de los años, luego de llevarle a fiestas públicas para que diera punzonazos y se hiciera de un nombre. “Querían que, si iba a ser maricón, fuera guapo”, recuerda.

Hoy reconoce que irremediablemente iba a caer preso alguna vez. La inestabilidad del desamparo daba poco oxígeno a su libertad: “Si no me hubieran cogido presa dándole el escándalo a aquel policía, hubiera sido en una fajazón en la calle”. Cuando quedó absuelto en el juicio, y todos sus amigos fueron condenados, regresó a golpear violentamente al policía que lo detuvo, solo para cumplir condena junto a sus colegas.

De iyawó visitó la cárcel. Oshún y sus espíritus le avisaron que se quedara en casa durante 3 días, pues Ochosi lo llevaría a su ilé. En septiembre de 2019, con tres intentos de suicidio en su haber y un tratamiento permanente para la epilepsia y su trastorno limítrofe de la personalidad, Yasniel Arencibia Oliver entró a las rejas del depósito del Vivac. Allí, además de convertirse en una madrina más, cambiaría definitivamente el alias de Coco por otro más adecuado: Yalorde.

El idioma del Manto

Cuando la Yalorde llegó al Centro Penitenciario Jóvenes de Occidente, se sentía como una experimentada en prisiones de menores. Ya había pasado cuatro meses en el agitado Vivac y todavía no le cortaban el pelo. Se las ingenió para seguir medicándose con cipresta y lucía unos senos pequeños. Con una peluca corta y apretadas hizo su entrada al Manto.

Por las ventanas de los dormitorios los presos asoman sus rabos hambrientos de hembra y los masturban frenéticamente. Una silueta femenina se presentaba para su deleite. Luego se enterarán de que la leche se desparramó en nombre de un pájaro. En realidad eso no trascendería mucho, pues en el Manto los adolescentes le tiran a cualquier cosa. Las oficiales también lo saben y no ponen reparos: “Tira pero no me embarres” es la única condición que ponen.

La Yalorde pasa al dormitorio y no sabe que aquí no es bien visto que los homosexuales se desvistan públicamente. Debió cambiarse en el baño. Minutos después del error, le roban la ropa. La Denis ha empatizado con ella y le da un consejo: “Mami, aquí se roban todo, lo que tienes que hacer es dar un espectáculo”. Yasniel pregunta: “¿Pero un espectáculo a la forma de la calle?” La Denis le dice que “más grande todavía”.

Coge la seña la Yalorde y en medio del dormitorio de la Compañía 3, arma un bullicio estridente que reclama atención y sus pertenencias. Ya se ha desvestido completamente de su ropa de presa. Los reclusos la miran y hacen silencio. El Consejo, formado por cinco presos que se encargan de mantener “el orden” en cada compañía, sabe quiénes han tomado la ropa, pues nadie hace nada en esta prisión de menores sin que el Consejo lo sepa. A pesar de saberlo, nadie se inmuta. El espectáculo comienza.

Yasniel regresa del baño, desnuda con un cubo. En un solo movimiento arroja al piso sus heces fecales y los presos suben alarmados a sus literas. La Yalorde muestra cada vez más furia por el robo irrespetuoso.

Cuando promete cortarse, el Consejo la analiza desde sus camas. Su siguiente paso es decisivo, por tanto, lo cumple. Con un espejo se abre cinco centímetros de piel en el antebrazo izquierdo. Ya es suficiente para todos. Cuando el maricón se autolesiona ha demostrado pertenecer a ese grupo que vivirá en la prisión. El resto de cobardes solo podrá sobrevivir. A mayor locura, mayor peligrosidad. A mayor peligrosidad, mayor respeto y rango.

Entonces el Consejo le devuelve sus pertenencias, e incluso dos blúmeres que no eran suyos, como gesto de rendición. Una bienvenida calurosa le dio etiqueta a su madrinaje. La validó como guapa. Cuando Ignacio regrese del pase, al día siguiente, se enterará de quién es la nueva y el calibre que ostenta.

El Faña ha cumplido casi dos años de condena y el día anterior a su libertad, le anuncian que le ha salido una causa nueva.  Se frustra y lo golpea todo a su alrededor. Ahora debe mirar de nuevo el Campamento de la Oca por los siguientes dos años y seis meses.

Habla con “el Puro”, que es como se le dice al guardia, y le pide que lo retire del campamento. Allí ha estado junto a otros presos no homosexuales, que son los únicos con derecho a componer estas brigadas, realizando trabajos de pintura, albañilería o chapea.

“Si no me suben pa’ la prisión cerrada, me voy a fugar pa’ la pinga o me voy a cortar to’”, amenaza. El guardia le ofrece un pase, junto a la promesa de enviarlo al Manto tras su regreso.

En la segunda noche de la Yalorde en la Compañía 3 del Manto, el Faña se ha enamorado de sus labios prominentes, de su mirada indescifrable. Le pide un cigarro a Yoel y este le indica que se lo pida a la madrina. Después del regalo, continúan las miradas.

Es el único lenguaje en que usará el Faña para dar su primer amor a la Yalorde, pues en una prisión de menores los maricones son aceptados, pero los bugarrones no. Es como si existiera una doctrina que dictaminara que los primeros nacieron para ser mujeres, mientras los otros se debilitaron en el camino y deben pagar un precio.

Si un bugarrón le hace señas a un maricón indicándole el baño, pueden suceder varias cosas y en ninguna de las variantes sale perdiendo el homosexual. Primero, puede suceder que el maricón asista a la cita y disfruten sin riesgo alguno. Segundo, que el maricón le cuente la faena al Consejo, haciéndole una seña a uno de ellos para que le acompañe al baño a ver, y este, al sorprender al bugarrón en el lugar de la espera, arremeta contra él a golpes desenfrenados.

A esta posibilidad se suma la violencia de todo el Consejo y de cuanto preso guapo quiera aterrizar al descubierto. Pero la opción de los más sagaces, es la tercera: el maricón decide hacer cómplice a algún otro preso de la jugarreta, y así tener un testigo ocular, para un permanente chantaje. A esto se le llama “hechizar”.

Si el bugarrón ha sido “hechizado”, le debe al maricón lo que él pida a costa de su silencio. A veces le exige pelear con otros presos para no embarrarse las manos. Le ordena reclamarle al “buquete”, que es quien sirve la comida, más alimentos para el “hechicero”. Peleas incesantes, recados peligrosos y, más usualmente, el contenido del “saco” que le traen sus familiares.

Otras formas de “hechizo” consisten en golpear a un preso cada rato, encimarse en su temor para ordenarle favores, y cuando el dominado se mete en alguna reyerta por cualquier causa no ordenada por su amo, el amo mismo sale a defenderlo.  Así crea un vínculo de dominación basado en la confusión, siempre para mayor comodidad de quien “hechiza”.

A veces el mismo amo orquesta un conflicto externo para demostrarle protección a su “hechizo”. Las madrinas siempre tienen cigarros para regalar, no porque el poder adquisitivo de sus familiares sea mayor, sino porque ellas suelen ser las que “hechizan” a más de un preso durante su condena.

El Faña ha sobrevivido a estos y otros entramados, y no pretende vendimiar para sí el calificativo de bugarrón, pero el cruce incesante de miradas y el roce de las manos en el intercambio de cigarros con la Yalorde se ha ido volviendo periódico e intenso. A este tipo de romance irresuelto que no ha desembocado en sexo, en la cárcel le llaman “sodomia”.  

El Faña sale en las mañanas para su brigada, y desde la formación voltea el cuello hacia la ventana. Desde allí la Yalorde lo embelesa como ningún otro maricón había logrado hacerlo.

Por razones administrativas, aquel día los jefes cambiaron al Faña para la Compañía 1. Cuando la Yalorde se enteró, comenzó a vaciarse. La Denis sospecha que la negra ayuna por desamor y la apoya trayéndole la comida. Al Faña le duele también la lejanía, pero solicitar un cambio para la compañía anterior lo delataría ante los presos.

Uno de ellos le dice a la Yalorde que el Faña le contó todo sobre ellos. Ella envía un papel con el mensajero, donde le pide al Faña que se defina. Ignacio jamás había contado nada y entendió que el mensajero lo estaba probando. Salió ileso, pues ambos eran bugarrones. Para borrar rastros, el Faña se comió el papel íntegramente.

La Yalorde entiende el riesgo que han corrido y decide confirmar el romance por otra, más sutil. No puede pedir traslado, porque no se lo otorgarán sin motivo. Debe ser regañada. Usa una justificación barata, mientras estaba de “buquete”.

“Coño, mana, ¿por qué me das un solo pan? Yo soy maricón igual que tú y estamos pa’ ayudarnos”, le reclama Adriana. “A mí nadie ni pinga me habla así”, contesta la negra y se lanza contra ella. Adriana “le echa a la policía”. Es decir, la acusa ante los superiores. La medida que se dictamina es la deseada. Al otro día, la Yalorde duerme a medio metro del Faña. “Ahora sí me compliqué”, pensó Ignacio.

Si lo vivido hasta el momento fue profundo y nuevo, las madrugadas siguientes marcarán sus años para siempre. La raíz crecía a pesar de que en el exterior solo florecían las miradas e el intercambio de cigarros.

La Yalorde y el Faña (Foto de María Lucía Expósito/Tremenda Nota)

Algún que otro preso oyó al Faña cantar, pero jamás supo que, aunque cantaba mirando al techo, la letra se la estaba dedicando a la Yalorde. La Yalorde le respondía en la misma clave y les daban las 3 de la mañana en este repentismo romántico. En los pocos momentos de posible privacidad, el Faña le prometió firmemente a la Yalorde: “Cuando salga de la prisión voy por ti”.

Escribió los ocho dígitos del celular de Yasniel en la Biblia, en el techo, en la cama y en la memoria. Yasniel le sostuvo la mirada durante horas una noche, hasta que una lágrima de amor engavetado protestó. El silencio protector de estas bocas que jamás se besaron, los inmortalizó como amantes en un lugar donde no se podía amar sin temor a morir. Pero las condenas, como los temores, sorprenden en sus finales.

Cada tres meses bajaban los análisis de los casos propuestos para libertad condicional. Cada vez que llamaban al Faña y otros colegas presos para formar y esperar el milagro, la Yalorde se enfriaba. Al Faña y sus amigos al menos tres veces les entregaron la carta donde se afirmaba que no estaban listos para la reinserción social. Ellos, a modo de protesta, ripiaron la carta y se la comieron. La carta que no pudo comerse el Faña fue aquella que dejó libre a la Yalorde.

“Te la ganaste, hermana”, le dijo Jicotea llorando. Yasniel solo piensa en el Faña, en que al salir lo más probable es que la historia que han vivido desaparezca. Piensa también en que afuera no tiene una madre o una abuela que la espere, ni un hombre que haya sufrido por ella todo este tiempo. La alegría de salir al exterior le exige extinguir el amor más lindo que ha vivido.

La Yalorde saca sus cuentas. Si comete alguna indisciplina grave será revocada, pero como solo le quedan ocho meses, no será enviada a otro lugar, sino a la misma compañía. Solo así puede vivir junto al Faña el tiempo que a le quede a él.

Como parte de las ceremonias usuales cuando a un preso le otorgan la libertad, un recluso le lleva una colcha a la Yalorde. Es la última de sus noches aquí, y obviamente no va a dormir, pero Yasniel ve en este inocente un medio para llegar a su fin. La agresión es el camino para ser revocada.

“Hoy yo te voy a regalar a ti mi libertad”, le dice. Va en busca de un objeto para agredirlo, pero Jicotea y otras amigas entienden mucho de presidio como para dejarla complicarse así. La detienen, la aguantan, la apaciguan. La Yalorde llora por el vacío que dejará la prisión en ella.

El Faña no puede siquiera mirar a los ojos de la negra. En la madrugada, cuando les quitaron un instante la luz, tomó la mano de Yasniel y la metió en su pantalón. La Yalorde jamás le había tocado la pinga al Faña. Nadie lo había hecho. Este símbolo le dejó entender a Yasniel que aquello fue más que “sodomia”.

“Cuando salga voy por ti, negra”, le repitió en el baño por la mañana. Con esa esperanza, y para conservar al Faña en su recuerdo, Yasniel llevó a casa la almohada de su hombre.

A las 8 de la mañana hay lágrimas confusas en la Compañía 3 de la prisión de menores del Manto. Jicotea y la Yalorde se abrazan como si jamás fueran a verse, cosa que fácilmente les puede pasar.

Al Faña le quedan meses dentro y no puede despedirse como quiere, pues representaría para él una escandalosa salida de clóset. Va al baño y llora. Desde la ventana ve irse a su negra linda y se seca las lágrimas para que nadie se entere. A este niño que solo ha conocido el infortunio, el rechazo y la violencia, nadie jamás lo ha amado tal cual es. Solo su negra, la Yalorde. Y ahora la vida la arranca de su lado.

El reencuentro

La Yalorde decidió olvidar. No le hacía bien desearlo en la distancia. Olerlo tampoco, y guardó la almohada. El Faña la llamó por teléfono un día.

El único modo que tienen para verse es que Yasniel visite a otro maricón, a Jicotea por ejemplo, o que ella misma le cuadre desde fuera una pretendiente que venga a visitarlo. La Yalorde usa ambas estrategias.

En una de las visitas encubiertas que hace, le envía una carta con Jicotea. El Faña la lee, la siente, y luego, como de costumbre, se la come.

En la última visita que recibe, la Yalorde se emperifolla y es de nuevo aquella mujer que entró al Manto un día. El Faña la azora y la despide, celoso porque provocaba las miradas bugarronas de la prisión.

Unos meses después, Ignacio recibe el único papel que no se va a comer. Lo celebra por todo lo alto. Marca los ocho dígitos de su negra, le pide que venga a buscarlo. Yasniel alquila un carro, pero al llegar se entera de que el hombre se ha ido por sus propios medios. Ambos lloran. Lo más probable es que, si no se vieron ese día, no se verán jamás.

En casa, al Faña le espera su mujer, a quien le cuenta que se ha enamorado de un maricón. Marieli, más que su esposa, es su amiga. Le ha pagado putas, alguna vez lo ha bañado en total embriaguez. Se entera del romance y lo aprueba.

Ignacio le promete amarla hasta el último de sus días, hasta que el cáncer o Dios se la lleve a su regazo. Por eso le cuenta también que cuando ella no esté, entregará su vida a la que lo hizo feliz en el Manto. Marieli sonríe y le pide que cuide a la Yalorde como si fuera ella misma.

El 18 de marzo de 2022, Yasniel tiene que bailar un tambor. Como subidor de santo le han puesto un plato con dos velas, dos cocos, y 2.500 pesos a su Oshún, pidiéndole licencia para que baje en el añá. Mientras Yasniel, en La Habana, se baña y se acicala, la realidad en Bejucal es de todo menos festiva.

El Faña no ha descansado. Toda la madrugada estuvo en el policlínico con su esposa. Llegando el amanecer, Marieli le dijo que lo amaría siempre, donde sea que estuviera. Tomó su mano y partió al mundo de la verdad. El Faña colapsó y quiso arremeter contra médicos y enfermeras. Quiso tener delante a Dios o al Diablo para golpearlo. Lloró hasta el sueño, se empastilló y se hizo algunas cortadas.

Mientras Yasniel se baña, el Faña duerme. Mientras Oshún está tomando el cuerpo de la Yalorde, el Faña está marcando un teléfono. Le piden que llame más tarde.

Luego de la conversación telefónica de la tarde, la Yalorde coge una A9 hasta Santiago de Las Vegas, y le paga 300 pesos a un chofer para que la adelante hasta Bejucal. Yasniel jamás ha ido allí, pero sabe que está destinado a encontrar al Faña.

Llega de madrugada y un maricón del pueblo le hace “la pala” en el parque para que los hombres que la están mirando sepan que no está sola. Una hora más tarde, siente que le tiran besos a lo lejos. Su corazón se acelera. El Faña tiene tatuado en el cuello una boca que besa, probablemente la de su negra. En la prisión, las pocas veces que le hacía una seña, nunca chifló o la llamó por su nombre, siempre le repetía ese sonido.

A lo lejos la negra distingue el cuerpo de Ignacio y siente que es lo suficientemente mujer como para que su hombre no la haya olvidado. Se acercan y no hablan, no saben manejar el momento.

“Camina, es pa’ allá”, dice el Faña. Y van en total silencio hasta la casa, recordando los intensos tres meses del Centro Penitenciario Jóvenes de Occidente. La Yalorde no habla nada. El Faña sí: “Te dije que iba a ir por ti cuando saliera en libertad”.

Continue Reading

En Espanol

La homosexualidad no es una enfermedad

Activistas en Honduras conmemoran Día Internacional contra la Homofobia, la Transfobia y la Bifobia

Published

on

(Foto cortesía de Leonela Paz/Reportar sin Miedo)

Reportar sin Miedo es el socio mediático del Washington Blade en Honduras. Esta nota salió en su sitio web el 16 de mayo.

SAN PEDRO SULA, Honduras — El comité LGBTIQ+ del Valle de Sula conmemora el trigésimo segundo aniversario de la eliminación de la homosexualidad como enfermedad mental en la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE) por parte de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

La OMS consideró que la homosexualidad debía de salir del apartado de enfermedades mentales, una lucha de años para las personas diversas. Una vergonzosa historia de patologización, institucionalización, “conversión” y esterilización finalmente se cerró.

Durante 22 años, este comité conformado por 13 organizaciones de sociedad civil ha promovido el reconocimiento y respeto de los derechos humanos de las personas de la diversidad sexual del Valle de Sula y Honduras.

Según el observatorio de la Red Lésbica Cattrachas, desde el 2009 hasta la fecha se contabilizan 410 muertes violentas de personas LGTBIQ+, con un índice de impunidad del 87 por ciento. Es por esta razón y teniendo en cuenta el marco del 17 de mayo, Día Internacional de la Lucha en contra de la Homolesbobitransfobia, que se llevarán a cabo algunas actividades en lugares estratégicos de la ciudad de San Pedro Sula para hacer visible esta causa.

“Esto nos ha asesinado”, dijo el presidente del comité LGTBIQ+, Osman Lara, haciendo referencia a todo el odio en contra de las personas de la diversidad sexual. 

Como principal actividad, izarán las banderas LGTBIQ+ y trans en la Plaza José Cecilio del Valle, localizada en la Ciudad de los Zorzales. Seguidamente, habrá una caminata por la primera calle de la capital industrial de Honduras, finalizando en el parque central, enfrente de la alcaldía sampedrana.

Las actividades contarán con la participación de líderes de la región, organizaciones defensoras de los derechos humanos, organismos internacionales, representantes de gobierno y corporación municipal. Todo esto con la finalidad de conseguir respuesta por todas las muertes violentas y para seguir luchando en contra de la homolesbobitransfobia en Honduras.

Continue Reading
Advertisement
Advertisement

Follow Us @LosAngelesBlade

Sign Up for Blade eBlasts

Popular